Lunes, 23 Noviembre 2009 22:24

Buenos Aires con humor

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por Sammy Arlin
El día anterior al comienzo de la FIT llegué a Buenos Aires. Hay que reconocer lo avanzado del sistema porteño en cuanto al bienestar de la gente.El día estaba caluroso, pesado, denso... a eso de las 4 de la tarde, mandaron unas gotas de agua para refrescar a los transeúntes... gruesas pero escasas.


Recuerdo que murmuré algo como: "con la vueltas que tengo que dar, esta llovizna...."

No sé cómo, ya que no vi sensores y creo que no me escuchó nadie, pero de inmediato mandaron un torrente de agua tan intenso que dificultaba la visión de una acera a la otra, y a los pocos minutos provocaba oleadas de agua al paso de los vehículos.

A la cuadra caminada, se comenzaron a formar lagunas sobre las aceras y calzadas,al punto que costaba percibir donde finalizaba una y donde comenzaba la otra.

Esquivé tres, al cuarto me vi rodeado de aguas embravecidas por la corriente de la Avenida Córdoba y por el veloz andar de los automovilistas que parecen gozar de la visión de las aguas que se elevan a los costados de sus coches... y como en definitiva Moisés hubo uno sólo, poco creí en mis habilidades para abrir las aguas de ese rio improvisado,por lo que opté por seguir adelante caminando como si nada sucediese, disfrutando de la experiencia de caminar por las calles porteñas con el agua por los tobillos.

La sensación es inigualable. Uno se siente medio tonto pero en ese momento este sentimiento carece de importancia prioritaria.

Lo prioritario es salir de ese lugar, y en procura de esto avancé hacia la avenida 9 de Julio.

Una vez llegado, me percaté de otro de los detalles de confort que proporciona esta ciudad: si aún sentía calor, una ráfaga de viento y agua se encargaría del problema, pegandome al cuerpo la ropa totalmente mojada y aumentaría considerablemente el volumen del líquido elemento sobre mi rostro y cabeza.

El paraguas comprado hace instantes a un señor bajito que -no imagino cómo- apareció junto con la primera gota unas cuadras atrás dejó totalmente de prestar el servicio que brindó hasta hacía momentos sin el viento de costado.

Lo cerré y continué mi agradable y fresco paseo por la avenida más ancha del continente, con los pies fuera del agua hasta llegar al cruce (en esta avenida los lagos se forman exclusivamente en las esquinas) donde ahi si, combiné la lluvia con viento de costado con la introducción de los pies en el agua, obteniendo un completo efecto refrigerante.

Una vez del otro lado, caminé otro par de cuadras en similares condiciones, para luego llegar y entrar al hotel. Y pensar que el día anterior no fui
a la piscina por no haber llevado el short.

No hay caso, una ciudad organizada piensa en todo.

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