Algunas cosas cambian exclusivamente por la acción de los hombres, derivadas de la evolución de su pensamiento. Y como la "evolución" del pensamiento a veces da un pasito para adelante y dos para atrás, algunas cosas que se suponen deben significar un avance en el desarrollo de la humanidad, en realidad no hacen otra cosa que denigrar la dignidad humana. Así es que la ciencia en una esquina avanza y avanza, descubre la fórmula para luchar contra una vieja enfermedad y en el momento que todos están dispuestos a anunciar las bondades de la nueva vacuna, surge el último grito del mundo moderno: un arma capaz de seleccionar el blanco a miles de metros de distancia, matar al objetivo escogido y no dejar ni un rastro de sangre. Champagne para todos. La ciencia avanza.
Y la Madre Naturaleza, sabia como pocos, ha aguantado demasiado la agresión en su contra de parte de la ciencia, de parte de los hombres. El mundo industrializado no solamente genera trabajo para los habitantes de este planeta y la posibilidad de que la vida de los seres humanos sea cada día más cómoda y supuestamente de mayor calidad, pues, también genera grandes dolores de cabeza a quienes son responsables por hacer compatibles las condiciones del mundo moderno con un futuro posible para las próximas generaciones. Las chimeneas del mundo contaminan el aire que respiramos cada día; los arroyos, ríos, lagunas, lagos y mares reciben a cada instante buena parte de productos y desechos que diariamente los hombres descartamos por haber terminado su aprovechamiento. En algunas ciudades del mundo la polución por motivo de los procesos industriales y del propio tráfico vehicular hace muchas veces que sea insalubre salir a la calle; quedarse encerrado hasta que pase un poco la "tormenta" sería lo más recomendable. Y así vamos. Y aquella madre de la que hablábamos, aguanta, pero cuando no puede más, y últimamente lo está haciendo muy seguido, nos rezonga. No creemos que nos quiera hacer mal de manera mal intencionada, pero claro está, de alguna forma tiene que defenderse, aunque sea cruel con muchos inocentes.
Y esta madre que ya poco le importa quiénes son sus hijos, y que ya no hace distinción entre los buenos y los malos (si los hay), se enoja cada día con más furia. Y lamentablemente vemos cada vez con mayor frecuencia que en los países asiáticos, al igual que en Centroamérica, la furia acumulada no hace distingos de naciones, razas, religiones ni culturas. Pero tampoco se escapan los países del primer mundo. Estados Unidos y Europa también han sufrido los castigos de la naturaleza. Son cada día más frecuentes los temporales, los períodos de sequía, los incendios, las inundaciones, los terremotos, los maremotos. Y en Uruguay, con mayor o menor responsabilidad que el resto de las naciones del planeta por esta situación de desequilibrio en los tiempos que nos han tocado, también recibimos los castigos de una fiera que está herida, pero que va a dar lucha por su supervivencia (a no ser que a algún loco se le ocurra apretar de una vez el famoso "botón rojo"). La versión local de las catástrofes naturales que a lo largo y ancho del mundo se dan con mayor frecuencia e intensidad, tiene que ver con sequías, tormentas al estilo tropical (cortas e intensas), y las destacadas por estos días, inundaciones.
Durante el arranque de la semana anterior (Semana de Turismo, entre otras denominaciones) cientos de personas en el interior del país y algunas decenas en la zona metropolitana debieron abandonar sus casas y sus pertenencias a la suerte de las condiciones del tiempo. Y como sucede en cada oportunidad similar a la de la semana referida, los más castigados son aquellos que viven en las denominadas "zonas inundables", o sea, los más pobres de cada departamento, quienes han sido, por su condición social, desplazados de los centros urbanos. Ellos son quienes más sufren los embates de la naturaleza, pues, no tienen otra forma de contención que la brindada por el aparato estatal. Y está claro, que no son los únicos que han sido perjudicados por las intensas lluvias y sus correspondientes inundaciones, ya que, por ejemplo, cientos de productores agrícola-ganaderos también se vieron afectados en sus actividades. Pero en este caso hablaríamos de la problemática desde otro punto de vista. Lo que aquí nos preocupa es la situación de vida, cotidiana, de cada una de esas familias que debieron abandonar sus humildes casas y sus pocas pertenencias para refugiarse en los diferentes centros departamentales y nacionales que las respectivas instituciones de la emergencia nacional destinan a estos casos de contingencia. Nos preocupa que la misma situación se dé, como decíamos, cada vez con mayor frecuencia, y que la respuesta de las autoridades sea siempre la misma: "Estamos estudiando la posibilidad de trasladar a toda esa gente que vive en las zonas inundables a lugares en los que las inclemencias del tiempo no la afecte de la peor manera...". Cada vez que se da una situación como la descripta, los afectados renuevan su ilusión. Por el momento, se trata solamente de ilusiones, cientos de ilusiones. Ilusiones que hacen changas, ilusiones que van a la escuela, ilusiones embarazadas, ilusiones con bastón, ilusiones que comen salteado. Ilusiones que flotan...