Se trataba de relatos enmarcados en épocas muy difíciles alrededor del mundo y en especial en Europa. La llegada de la segunda guerra mundial era la culminación de un proceso de paz extremadamente frágil que se había intentado imponer luego de la primera guerra mundial, pero sobre el cual lo único que cabía esperar era la fecha exacta de su interrupción. Con la experiencia de la primera guerra, y de otras tantas que la historia les ha impuesto, muchos europeos optaron por escapar de sus tierras a cualquier lugar del mundo que les permitiera una vida mejor o, al menos, que les permitiera vivir sin la necesidad de no saber qué podría suceder con cada uno de ellos minuto a minuto. Muchos pudieron emigrar de aquella Europa que luchaba por la aceptación o no de los emergentes socialismos nacionales. Muchos no pudieron hacerlo y sufrieron las consecuencias del accionar de líderes irresponsables.
De todos los que lograron escapar de aquella tragedia mundial, muchos lo hicieron emigrando hacia el continente americano. No importaba mucho en qué lugar exactamente el barco podría dejarlos; la prioridad era huir de la guerra. Algunos lo hicieron antes de que se instalara el horror y la muerte en sus tierras, otros escaparon durante el desarrollo de la guerra y otros también lo hicieron luego de culminada la barbarie cuando, estando vivos, pero sin ninguna esperanza de poder salir adelante, vieron una esperanza en el rincón de la bodega de algún transatlántico. Y como sucede siempre en estos casos (lo vemos ahora con los africanos que llegan a las costas europeas luego de varios días de navegación a bordo de barquitos de madera en condiciones infrahumanas), los inmigrantes llegaron a nuestras tierras con poco y nada. Y si bien se dice que nuestro pueblo está integrado por gente solidaria, la ayuda que recibieron aquellos españoles e italianos (entre otros) fue la mínima para que pudieran instalarse. Nadie les regaló nada, cuentan los ahora veteranos, cuando debieron llegar a estas tierras solos o con parte de la familia para tratar de salir adelante y escapar así de la miseria. Entonces debieron "meter el lomo a como diera lugar". Y salieron adelante. Muchos trasladaron su oficio europeo a nuestro territorio y de esa manera poco a poco consiguieron su bienestar y el de sus familias (se convirtieron de inmigrantes que no tenían ni para comer, en dueños de bares, restaurantes y comercios de diferentes rubros, dueños de quintas y de chacras, etc.).
Y así como salieron buenos laburantes, y con ello ayudaron también al desarrollo de nuestro país, también salieron buenos pagadores. Justamente en estos días que corren, uno de ellos, veterano ya, jubilado, se mostró sorprendido cuando quiso pagar sus tributos municipales y averiguar acerca de un trámite que su hija tenía pendiente. Se sintió un poco raro cuando al llegar a la explanada de la comuna capitalina el movimiento era bastante escaso, poco común para un día de semana; más extraño se sintió cuando al llegar a la puerta principal del edificio la misma estaba cerrada. Intentó entrar por otro lado pero tampoco tuvo suerte. Por más porfiado que hubiera sido en sus jóvenes años, atributo que le permitió salir adelante en la vida, ni esa actitud ni nada lograría que esa tarde las puertas de la intendencia se abrieran para él. Cuando bajaba las escaleras de la explanada municipal le preguntó a alguien si sabía qué era lo que sucedía que la intendencia estaba cerrada. La sorpresa de su interlocutor fue tan grande como la que él tenía desde hacía algunos minutos. Antes de entrar a su casa, rendido, le comentó a un vecino lo que le había pasado. "No se amargue compañero, pero hoy es el día de los municipios de América, entonces las intendencias están cerradas...", le comentó el vecino. Y así fue nomás, el veterano lo intentará nuevamente otro día.
Y así es la cosa por nuestro país. En el caso de los municipales, y gracias al feriado del 19 de abril que se corrió para el lunes 23, la inmensa mayoría de estos trabajadores tuvo 4 días libres (trabajaron el viernes y se reintegraron a sus tareas el día miércoles). Si bien se trata en este caso particular de los trabajadores municipales, lo mismo sucede en otras oportunidades con otros trabajadores de la actividad estatal. Se trata del privilegiado grupo de trabajadores de nuestro país que gozan de una inmensa cantidad de días libres a lo largo del año, pues a los feriados nacionales se les debe agregar algunos feriados como el que aquí describimos, los fines de semana, las licencias anuales y todos aquellos días en los cuales los compañeros hacen "el aguante" cuando se retiran más temprano o cuando llegan un poco más tarde a la oficina (o directamente, cuando no concurren "por fuerza mayor"). Y así funciona la actividad estatal en Uruguay. La burocracia tiene mañas para todo; también para tomarse sus descansos. Y allá estará el veterano, mateando, tratando de entender cómo fue que ayudó a sacar este país adelante. Estará pensando en sus tiempos de galán, cuando apenas le quedaban fuerzas para tomar alguna copa con los muchachos, luego de extensas jornadas de meterle duro a la vida, a veces sin sábados ni domingos, y mucho menos, sin los feriados que el progreso ha traído a nuestros días. Allá estará pensando: "Y bueh, los tiempos han cambiado... como los muchachos, que ahora trabajan poquitito... joder hombre".