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Viernes, 22 Junio 2007 03:37

El arco...del triunfo

por Oscar Molina

22 JUN 07 PDU
Soy piloto, y por lo tanto el primer interesado en que ningún avión sufra un atentado terrorista.

 Pero no puedo por menos que rebelarme ante cierta estupidez, inconsistencia y humillación innecesaria que algunas veces rodea a los controles de Seguridad para acceder a las aeronaves.
 
 
 
Adoro al "scanner" tanto como al arco de detección de metales, que más de una vez han salvado la vida de muchas personas. Pero detesto que ese umbral mágico se convierta para muchos en su particular arco del triunfo, por el que se pasan la coherencia, el sentido común y el más elemental respeto.

A lo largo de mi vida personal he visto muchos controles a pasajeros, y he de decir que aunque fastidiosos, son en su mayoría más que correctos,  llevados a cabo con educación y delicadeza. Pero también he podido contemplar algunos en los que el ciudadano ha de soportar que se patee su intimidad con preguntas sobre lo que lleva en sus maletas que no vienen a cuento para nada.

En los que se pisotea la más básica de sus dignidades hablándole como se habla a las vacas y elevándole la voz de manera absolutamente innecesaria, por parte de advenedizos con uniforme que revelan cuál es su verdadero alcance profesional y cuánto disfrutan con una ocupación hecha a la medida de sus complejos.

El tratamiento de la Seguridad es algo que ha de llevarse a cabo con alto grado de respeto, porque todos estamos de acuerdo en ser controlados, y en cambiar un pedacito de nuestra presunción de inocencia por certidumbre a la hora de volar de manera segura. Pero creo que no existe razón alguna para que estas cosas anden en manos de gente arbitraria y caprichosa.

Gente, en raras pero ciertas ocasiones, cuya incompetencia profesional no se explica si no comprendemos que hablamos de un sector al que ha llegado, como a tantos, el libre mercado en su versión cutre. Un pingüe negocio desde aquél 11 de Septiembre, que se alimenta de la misma competencia feroz que lo pudre todo y que tiene en el recorte de gastos de selección y formación del personal su más desagradable corolario. Harto triste es que el Estado confiese su propia incapacidad delegando nuestra Seguridad en empresas privadas, como para que encima no ejerza el mínimo control sobre ellas y los empleados que en ocasiones contratan.

Pero es que además, a lo largo de mi otra vida, la profesional, he sido testigo de controles de Seguridad a tripulaciones que merecen el calificativo de surrealistas. No sólo por lo inadecuado de las personas que a veces los llevan a cabo, sino por la rotunda estupidez y desconocimiento que refleja quien los diseña. Empezando por la parte humana, el esquema de corrección con excepciones lamentables es un poco más desequilibrado a favor de lo segundo.

La arbitrariedad en lo personal es más frecuente que en los controles a pasajeros. Empieza por el que te dice que el paso por una determinada puerta está prohibido para después, y con cara de perdonavidas, permitirte el acceso "por esta vez", saltándose la normativa que está llamado a preservar.

Continúa con el que se extralimita en sus funciones confundiendo su uniforme con el de un Guardia Civil y pretendiendo ejercer prerrogativas aduaneras, y termina con el que trata de alzarte la voz y apela a sus atributos para mostrar su desacuerdo con tus quejas. Por supuesto, entre medias encontramos al listo que te exige, de maneras dudosas, que le muestres tu tarjeta de identificación y la lleves visible, mientras la suya se encuentra en el bolsillo haciendo compañía a una navaja que usa "para pelar manzanas".

Lo cierto, y lo digo con absoluta franqueza, es que estos casos son excepciones, el personal es correcto en un altísimo porcentaje; pero no es menos verdad que a lo largo de sólo ocho años de profesión tengo anécdotas que les causarían verdadero asombro. Es lógico, porque el infeliz encuentra en un espacio reducido y a la vista de poca gente un marco mucho más propicio para sacudirse sus frustraciones.

Aunque reitero, no es ni mucho menos lo habitual; ni de lejos lo que se lleva en aeropuertos como Heathrow, en los que una manada de pobres de espíritu ejercen su autoridad con una chulería y prepotencia que claramente les resarce de las cotidianas humillaciones a las que sin duda Molly o Kevin les someten en la intimidad de su hogar, al que llegan después de charlar consigo mismos durante el ratito en el que comparten la barra con una triste pinta de cerveza, y con nadie más.

Pero ciertamente, lo peor es la absoluta irracionalidad que preside la normativa sobre controles a tripulaciones. Empezando por la nula unificación de criterios que nos lleva a que en determinados aeropuertos baste con la identificación, el arco y el "scanner", mientras en otros poco menos que tengas que hacer un "strip-tease".

Aunque lo que mueve a risa absolutamente es que a uno le abran la maleta y le requisen un cortauñas. Eso es para partirse el pecho. Yo estoy encantado con que se inspeccione mi equipaje ante la posibilidad de que un terrorista haya colocado dentro de él una bomba. Cosas más raras se han visto, y me alegra de que así se haga aunque sólo sea por el egoísta interés de preservar mi propia vida.

Pero los linces que legislan la materia y consideran peligrosos los instrumentos de higiene personal deberían saber que en las cabinas de todos los aviones del mundo mundial hay un hacha de enormes proporciones, cuya presencia se justifica para combatir incendios. Por lo tanto, o me dejan cortarme las uñas en paz o que quiten el hacha, a lo cual esto último creo que nos vamos a negar al alimón tripulantes y pasajeros.

Así que, que quieren que les diga, que nos pasen por el arco todo lo que quieran, pero que ese arco no sea el del triunfo.
 
fuente: Aviación Digital Global