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Lunes, 07 Abril 2008 05:22

Islandia: La buena vida

 por John Carlin

07 ABR 08 PDU       
Aislamiento. Frío. Naturaleza hostil. Los islandeses han hecho frente a sus
problemas. Hoy son los seres humanos más felices, y su país, el lugar donde mejor se
vive del mundo.
 
 
Ellos mismos explican por qué.

El índice de natalidad más elevado de Europa + la mayor tasa de divorcios + el mayor
porcentaje de mujeres que trabajan fuera de casa = el mejor país del mundo para
vivir. Hay algo que tiene que estar mal en esta ecuación. Si se unen esos tres
factores –montones de hijos, hogares rotos, madres ausentes–, el resultado tiene que
ser la receta para la miseria y el caos social. Pues no. Islandia, el bloque de lava
subártico al que se refieren estas estadísticas, encabeza las últimas
clasificaciones del Índice de Desarrollo Humano del PNUD, lo cual significa que,
como sociedad y como economía –en relación con la riqueza, la sanidad y la
educación–, es el mejor lugar del mundo. Podría replicarse: muy bien, pero con sus
oscuros inviernos y sus veranos nada tropicales, ¿son felices los islandeses? La
verdad es que, en la medida en que es posible medir esas cosas, lo son. Entre otras
estadísticas, un estudio académico aparentemente serio aparecido en The Guardian en
2006 decía que los islandeses eran el pueblo más feliz de la Tierra (el estudio
posee cierta credibilidad, puesto que llegaba a la conclusión de que los rusos eran
los menos felices).

Oddny Sturludóttir, una mujer de 31 años con dos hijos, me contó que tenía una buena
amiga de 25 con tres hijos de un hombre que acababa de abandonarla. “Pero no tiene
ninguna sensación de crisis”, dijo Oddny. “Está preparándose para seguir adelante
con su vida y su carrera con una actitud perfectamente optimista”. La respuesta a la
pregunta de por qué la amiga no piensa que sea una crisis lo que cualquier mujer de
cualquier parte del mundo occidental consideraría una catástrofe ayuda a explicar
por qué los 313.000 habitantes de Islandia son tan sensatos, alegres y
triunfadores.

Existen, eso sí, otros factores más visibles. Los datos son abundantes: el país con
la sexta renta per cápita del mundo; en el que la gente compra más libros; en el que
la expectativa de vida para los hombres es la más larga del mundo, y para las
mujeres está entre las más altas; el único país de la OTAN que no tiene Fuerzas
Armadas (se prohibieron hace 700 años); el que tiene la mayor proporción de
teléfonos móviles por habitante, el sistema bancario que más rápidamente está
expandiéndose en el mundo, el increíble crecimiento de las exportaciones, el aire
cristalino, el agua caliente que llega a todos los hogares directamente desde las
cañerías naturales de las entrañas volcánicas, y así sucesivamente.

Pero ninguna de estas cosas sería posible sin la sólida seguridad en sí mismos que
define a los islandeses, y que, a su vez, nace de una sociedad que está
culturalmente orientada –como prioridad absoluta– a educar niños sanos y felices,
con todos los padres y madres que sea. En gran parte es herencia de sus antepasados
vikingos, cuyos hombres se dedicaban sin reparos a saquear y violar, pero, al menos,
tenían la coherencia moral de no mostrarse celosos por las aventuras de sus esposas,
unas mujeres que se encargaban de alimentar a la familia en la dureza de tundra de
esta isla del Atlántico norte mientras los maridos se iban de exploraciones por el
mundo durante años. Como me explicó una abuela con varios nietos en mi primera
visita a Islandia, hace dos años, “los vikingos se iban a otros países, y las
mujeres eran las que mandaban y tenían hijos con los esclavos, y cuando los vikingos
regresaban, los aceptaban con un espíritu de cuantos más, mejor”.

Oddny –una pianista esbelta y atractiva que habla alemán con fluidez, traduce libros
del inglés al islandés y es concejal en la capital, Reikiavik– es un ejemplo
contemporáneo de lo mismo. Hace cinco años, cuando estudiaba en Stuttgart, se quedó
embarazada de un alemán. Durante el embarazo rompió con él y volvió a juntarse con
un viejo amor, un prolífico escritor y pintor islandés llamado Hallgrimur Helgason.
Los dos volvieron a Islandia a vivir juntos con el recién nacido y posteriormente
tuvieron una hija en común. Hallgrimur adora a los dos niños, pero Oddny cree
importante que su hijo mayor conserve una relación estrecha con su padre biológico.
Así que, de forma habitual, el alemán va a Islandia y se aloja en casa de Oddny y
Hallgrimur una o dos semanas.

“Las familias hechas de retazos son una tradición aquí”, explica Oddny, que no ha
ido a trabajar y está en casa esta mañana de jueves para cuidar de su hija pequeña,
a la que le duele el oído. “Es normal que las mujeres tengan hijos con más de un
hombre. Pero todos son familia”. El caso de Oddny no es nada atípico. Cuando llega
el cumpleaños de un niño no sólo acuden a la fiesta las distintas parejas de padres,
sino también todos los abuelos, y flotas enteras de tíos y tías.

Islandia, situada en medio del Atlántico norte y con Groenlandia como vecino más
próximo, estaba demasiado lejos para que nadie llegara hasta allí aparte de los más
obstinados misioneros cristianos medievales. Es un país en gran parte pagano, como
les gusta decir a los nativos, sin la carga de los tabúes que tanta inquietud
generan en otros lugares. Eso significa que son personas prácticas y que van al
grano. Y eso significa, a su vez, montones de divorcios. “No es algo de lo que estar
orgullosos”, dice Oddny, con una sonrisa, “pero el caso es que los islandeses no se
aferran a relaciones que van mal. Se van”. Y el motivo por el que pueden hacerlo es
que la sociedad, empezando por los padres, no les estigmatiza. El incentivo de
“permanecer juntos por los niños” no existe. Los niños van a estar estupendamente
porque toda la familia se unirá a su alrededor, y lo más probable es que los padres
sigan teniendo una relación civilizada, basada en la decisión, normalmente
automática, de que la custodia de los hijos va a ser compartida.

La comodidad de saber que, pase lo que pase, el futuro de los hijos está asegurado
explica también por qué las mujeres islandesas, pese a ser tan modernas (Islandia
eligió a la primera mujer presidenta del mundo, una madre soltera, hace 28 años),
persisten en la vieja costumbre de tener hijos cuando son muy jóvenes. “No estoy
hablando de embarazos no deseados de adolescentes, que quede claro”, dice Oddny,
“sino de mujeres de 21 o 22 años que desean tener hijos, muchas veces cuando todavía
están en la universidad”. En una universidad española, una alumna embarazada es poco
frecuente; en Islandia, incluso en la Universidad de Reikiavik, que está orientada
hacia el mundo de la empresa, no sólo es habitual ver en la cafetería a chicas
embarazadas, sino a otras amamantando. “Prolongas los estudios un año, vale, ¿y qué
más da?”, dice Oddny. “Nadie piensa, por tener un hijo a los 22: ¡Dios mío, se me ha
acabado la vida! Se considera una estupidez esperar hasta los 38. Nos parece muy
saludable tener muchos niños. Todos los bebés son bienvenidos”.

Sobre todo porque, cuando una persona está trabajando, el Estado le da nueve meses
de permiso por hijos remunerado, que pueden repartirse entre el padre y la madre
como les parezca. “Eso quiere decir que los empresarios saben que un empleado varón
tiene tantas probabilidades como una empleada mujer de acogerse a una baja para
cuidar del niño”, explica Svafa (se pronuncia Suava) Gronfeldt, rectora de la
Universidad de Reikiavik y antes alta ejecutiva. “El permiso de paternidad marcó el
punto de inflexión para la igualdad de la mujer en este país”.

Svafa ha aprovechado la oportunidad plenamente. Con su primer hijo utilizó ella la
mayor parte del permiso, y con el segundo fue su marido. “Yo estaba en un trabajo
con el que tenía que viajar 300 días al año”, explica. Tuvo dudas, pero quedaron
paliadas, en parte, con la seguridad de que su marido estaba en casa, y en parte,
con la maravillosa educación pública que ofrece Islandia, y que empieza por las
guarderías de jornada completa, hasta tal punto que las escuelas privadas son
prácticamente inexistentes. “El 99% de los niños, tanto si sus padres son fontaneros
como multimillonarios, acuden al sistema estatal”, dice Svafa.

El puesto de los 300 días era el de viceconsejera delegada responsable de fusiones y
adquisiciones en una empresa de genéricos farmacéuticos llamada Activis, en la que
trabajó seis años. Durante ese periodo, la compañía pasó de ser un pez diminuto a la
tercera de su categoría, y compró 23 empresas extranjeras, incluido un gigante de
Nueva Jersey por 500 millones de dólares en 2005. Svafa no sólo hace propaganda de
su antigua firma –que dejó cuando ya no se sintió capaz de soportar el sentimiento
de culpa por sus ausencias maternales–, sino que enumera varias de las mayores
proezas empresariales que ha logrado su país en los últimos 10 años, un periodo de
expansión en una economía tradicionalmente basada en la pesca. No sólo hay ya bancos
islandeses en activo en 20 países; no sólo la empresa Decode, con sede en Reikiavik,
es líder mundial en la investigación biotecnológica del genoma; no sólo las firmas
islandesas están devorando empresas alimentarias y de telecomunicaciones en el Reino
Unido, Escandinavia y el este de Europa, sino que Islandia es el líder mundial en
fabricación de prótesis. “¿Ese atleta surafricano que ha perdido las dos piernas,
pero que corre a velocidades olímpicas? Sus piernas artificiales se construyeron
aquí”, afirma.

Svafa es una mujer vivaracha con el pelo corto y una mente aguda y llena de humor. Y
su despacho es como ella. Espacioso, minimalista (tanto que no tiene ni siquiera una
mesa) y moderno, con la limpieza del estilo nórdico; parece más bien un salón, y
tiene unas vistas de morirse. Desde una ventana se ven los tejados rojos y verdes,
como de Monopoly, de Reikiavik, hasta el puerto pesquero y el mar de color azul
oscuro; la otra da a una cadena de montañas bajas y cubiertas de nieve. Es un
paisaje bellísimo, pero muy duro para vivir, sobre todo en los mil años que Islandia
estuvo habitada antes de que llegaran la electricidad y el motor de combustible. “No
sólo hay que ser duro, sino imaginativo, para sobrevivir aquí”, dice Svafa. “Si uno
no usa la imaginación está acabado; si se queda quieto, se muere”.

Como demostraron los vikingos, parte de esa imaginación consiste en salir al mundo.
Es lo que hizo Svafa (hizo su doctorado en la London School of Economics, vivió en
Estados Unidos y, en total, pasó 10 años en el extranjero) y lo que hacen
prácticamente todos los islandeses. Son muy pocos los que no hablan un inglés
excelente, y muchos hablan bastante bien español. Pero ahora que Islandia es un país
próspero ha empezado a invitar al mundo a venir aquí. La Universidad de Reikiavik
tiene profesores de 23 países, y la idea, después del traslado previsto para dentro
de dos años a un campus que Svafa describe como de la era espacial, de ampliar la
presencia extranjera tanto en el profesorado como de alumnos, y convertir la
universidad en un centro mundial de educación empresarial. La Universidad de
Reikiavik (una de las ocho universidades, cada vez más grandes, que existen en un
país con una población como la de Vigo) es completamente bilingüe. “Pueden venir
estudiantes que sólo hablen inglés y hacer aquí sus estudios de posgrado”. ¿A nadie
le preocupa que se pierda la lengua islandesa, que, al fin y al cabo, habla tan poca
gente? “En absoluto”, declara Svafa. “Nuestra lengua está a salvo”. Islandia no ha
caído en las neurosis nacionalistas de otros países pequeños (aunque no hay
prácticamente ninguno más pequeño que Islandia), y su obsesión es unirse al mundo,
no tenerle miedo. “Lo que nos interesa es la adquisición de cerebros, en vez de la
fuga de cerebros. Queremos hacer lo que los estadounidenses han sabido hacer tan
bien, y, en nuestro caso concreto, crear un campus de élite en Europa que atraiga a
los mejores de todo el mundo”.

Los islandeses saben identificar lo mejor e incorporarlo a su sociedad. Hablo de
ello con el primer ministro, Geir Haarde, al que conocí durante un acto oficial
celebrado en unos cálidos baños públicos, un lugar de reunión frecuente entre los
islandeses, como los pubs para los británicos. Tan afable como todas las demás
personas que he encontrado, y sin nada remotamente parecido a un guardaespaldas (no
hay prácticamente delitos en Islandia), acepta sentarse y responder a unas preguntas
sobre la marcha. “Creo que hemos combinado lo mejor de Europa y lo mejor de Estados
Unidos, el sistema de bienestar nórdico con el espíritu empresarial norteamericano”,
explica, y subraya que Islandia, a diferencia de los demás países nórdicos, tiene
unos impuestos, tanto personales como de sociedades, excepcionalmente bajos. “Ello
ha hecho que las empresas islandesas se queden aquí y que otras extranjeras vengan a
establecerse, pero también que hayamos aumentado en un 20% nuestra recaudación por
impuestos gracias a una mayor facturación”. Y al mismo tiempo ofrecen, además de una
educación gratuita de primera categoría, una sanidad de primera categoría, hasta el
punto de que la medicina privada en Islandia se reduce sobre todo a servicios de
lujo como la cirugía estética.

Dagur Eggertson, hasta hace poco alcalde de Reikiavik y con todas las posibilidades
de ser futuro primer ministro de Islandia, destaca que lo que ha ocurrido en su país
desafía la lógica económica. “En los ochenta y noventa, los teóricos de derechas en
Estados Unidos y el Reino Unido decían que el sistema escandinavo era impracticable,
que la alta fiscalidad y la alta inversión del Estado en los servicios públicos
acabarían matando a la empresa”, dice Dagur, un hombre de 35 años y aspecto juvenil
que, como la mayoría de los islandeses, es trabajador y polifacético: además de
político es médico. “Sin embargo, aquí estamos, en 2008”, continúa, “y si se fija en
los datos económicos, verá que, en estos últimos 12 años, los países escandinavos y
nosotros hemos avanzado muchísimo. Algunos lo llaman economía del abejorro: desde el
punto de vista científico, aerodinámico, uno no puede figurarse cómo vuela, pero el
caso es que lo hace, y muy bien”.

El éxito especialmente espectacular de Islandia procede de esa capacidad de trabajo
de la que Dagur es un ejemplo, además de la necesidad de ser creativos de la que
hablaba Svafa, más una fe típicamente estadounidense en que las grandes ideas se
pueden hacer realidad. “Muchos de nosotros hemos vivido y estudiado en Estados
Unidos”, dice Geir Haarde, “y lo que hemos aprendido de ellos, además de descubrir
que lo compartimos de forma natural, es esa actitud de que todo es posible, de que
si trabajamos duro es posible hacer cualquier cosa”. Svafa parece ser la encarnación
de lo que describe Haarde. Le encanta la civilizada generosidad del Estado islandés,
pero trabaja para alcanzar sus objetivos con un optimismo incansable.

Un espíritu similar es el motivo del éxito de Reykjavik Energy, la compañía que
suministra a los islandeses la mayor parte de su agua caliente y su electricidad.
Con una atención a la salud ambiental nada estadounidense, la empresa ha mostrado un
ingenio y un espíritu innovador que le han llevado a excavar conductos en las
profundidades de la tierra helada para extraer no petróleo, sino agua, que a un
kilómetro bajo la superficie alcanza temperaturas de 200 grados centígrados. En
1940, el 85% de la energía de Islandia procedía del carbón y el petróleo; hoy, el
85% procede del agua volcánica subterránea, que después de pasar por enormes
turbinas en plantas de alta tecnología y limpieza impecable, abastece la mitad de
las necesidades de electricidad del país a un precio que es dos tercios la media
europea. Islandia tiene en la actualidad el mayor sistema de calefacción geotérmica
del mundo, y otros países están interesándose. Los primeros ministros de China e
India han visitado Islandia en años recientes para ver qué pueden aprender sobre
energías limpias, baratas y renovables, y Reykjavik Energy está participando en
proyectos conjuntos para reproducir el modelo islandés en lugares tan remotos como
Yibuti, El Salvador e Indonesia, además de China.

El éxito de Reykjavik Energy es una metáfora del éxito general de Islandia: dominar
la dura naturaleza, y transformarla, mediante la imaginación y el esfuerzo, en una
energía rica y fructífera. Los artistas han hecho algo muy parecido. El país está
lleno de escritores, pintores, cineastas y –como Oddny– músicos notables. Islandia
tiene a la famosa Björk, la respuesta cool a Madonna, pero también una orquesta
sinfónica nacional que toca en los mejores locales del mundo, y posee su propia
compañía de ópera (cuando estuve allí se representaba La Traviata en la Ópera de
Reikiavik totalmente a cargo de islandeses). Baltsar Kormakur, un antiguo galán de
culebrones televisivos, es un importante director de cine local cuyas películas se
han exhibido en 80 países, al que la revista Variety incluyó en 2001 entre los 10
“nuevos talentos más prometedores” del mundo y que está a punto de rodar su primera
película en Hollywood este año. Además ha dirigido ya una obra en el Barbican de
Londres, donde pronto repetirá con un montaje de Otelo, de Shakespeare. En cuanto a
escritores, la mitad de la población parece haber escrito un libro, como si les
inspirase el mayor legado cultural que ha dado Islandia hasta ahora, las sagas
vikingas del siglo XIII, que Jorge Luis Borges calificó como las primeras novelas,
400 años antes de Cervantes. Como consecuencia, una cosa que los islandeses siempre
han podido hacer y muchos en otros países no, ya en el siglo XIX, era leer, una
tradición que se mantiene de forma voraz, como demuestra la abundancia de librerías
en Reikiavik. La pintura como modalidad artística no existió en Islandia hasta hace
cien años, pero hoy son muchos los que se dedican a ella como aficionados, y al
menos cien islandeses viven de su arte.

Haraldur Jonsson, que estudió en París (todos han estudiado fuera), cuyo padre fue
el campeón de los polifacéticos (era arquitecto y dentista), y que, como todos los
demás, habla inglés mejor que la mayoría de los ingleses, es pintor abstracto,
escultor y artista de video-performance, y describe su labor como la tarea de “hacer
que el mundo invisible sea visible”, transformar las emociones en cosas que puedan
verse y tocarse. La gente responde. Ha hecho exposiciones en Londres, Barcelona,
Berlín, Amsterdam, Budapest, Los Ángeles, Chicago, Melbourne, Winnipeg, Vilna,
Graz…, en todas partes.

¿Por qué hay tal abundancia de artistas en Islandia? ¿Qué les impulsa? “Lo hacemos
para no volvernos locos”, responde Haraldur, que es alto, nervioso, delgado y
divertido, y que tiene unos ojos con la energía concentrada de un rayo láser. ¿Para
no volverse locos? “Sí”, sonríe, “para mantener alejada a la fiera”. ¿La fiera? “La
fiera es Islandia, esta isla en la que vivimos, con su naturaleza aterradora y su
tiempo difícil y siempre cambiante. Es el mundo de las pesadillas de Goya: bello,
pero grotesco. Ésa es la fiera taciturna de Islandia. Vivimos con una fiera
invisible. Es la isla, y no podemos escapar de ella. Así que encontramos formas de
vivir con ella, de domarla. Yo lo hago mediante mi arte”, dice Haraldur, cuyos
intentos de apaciguar al monstruo incluyen también los tres libros que ha escrito.
“No hay animales ni árboles. Tenemos que tener una vida interna muy rica para llenar
los espacios vacíos, para llenar el silencio con nuestro propio ruido”.

Existe otra fiera con la que Islandia está en deuda: la II Guerra Mundial. Los
islandeses deben de ser el único pueblo en el mundo al que Adolf Hitler dejó un
legado de valor. Antes de la guerra, Islandia era el país más pobre de Europa. De
pronto, en 1939 se convirtió en un lugar estratégico de inmenso valor. Los
británicos y los alemanes compitieron por él, y los británicos llegaron primero.
Establecieron una base militar en una manga de tierra cerca de la costa de
Reikiavik. “De pronto empezó a haber una abundancia de trabajos que, por primera vez
en la historia, no tenían relación con la pesca ni la agricultura”, recuerda
Asvaldur Andresson. “Antes de la guerra casi no teníamos carreteras, y las que había
teníamos que construirlas con pico y pala. Llegaron los británicos y los
estadounidenses, y empezaron a aparecer tractores oruga, y carreteras de asfalto, y
herramientas maravillosas para trabajar”.

Asvaldur, que nació en 1928 en un pueblo pesquero situado en el indómito extremo
oriental de la isla, llamado Seydisfjordur, emigró al oeste, a Reikiavik, al acabar
la guerra, y encontró trabajo como conductor de autobús en la base de Estados
Unidos. Después, tras largas horas de estudiar por las noches, pasó la mayor parte
de su vida como restaurador de coches machacados. Su vida siempre fue dura, pero
sobre todo cuando era niño e Islandia constituía la peor de las mezclas posibles, un
país del Tercer Mundo con un clima brutalmente frío. A los 12 años dejó el colegio y
se fue a trabajar en un barco de pesca; es difícil imaginar un trabajo más duro en
ningún lugar, con las tormentas heladas que se encuentran en el borde meridional del
círculo ártico. Su hermana murió de tos ferina cuando tenía tres años, y su padre
murió cuando él tenía 16 años y estaba en el mar, lo cual significa que, cuando se
enteró, ya estaba enterrado. Ha trabajado jornadas de 16 horas toda su vida para
alimentar decentemente a su familia, e incluso se construyó su propia casa de dos
pisos; la empezó en 1958 y la terminó en 1966. Hoy tiene todo su tiempo ocupado con
el cuidado de su mujer inválida. Lo bueno es que recibe dinero del Estado a cambio,
y ésa es una buena razón –apoyada en la cultura de la cohesión familiar– por la que
la mayoría de la gente mayor en Islandia no vive en residencias, sino en casa.
“Repaso mi vida y veo lo que ha cambiado este país, y casi no puedo creerlo”, dice
Haraldur, que me acoge en su casa y hace unas tortitas extraordinarias para mí y
para su esposa, que está en una silla de ruedas.

Lo más interesante es lo que ha sido de tres de sus nietas, todas ya adultas. Una
hace documentales en París; otra es un genio de la biotecnología que ayuda a
cirujanos en un hospital de Reikiavik; la mayor, de 26 años, posee un permiso para
volar obtenido en Estados Unidos y está entrenándose para ser piloto de Ryanair. Con
lo pronto que se reproducen las mujeres islandesas, Asvaldur y su esposa tienen ya
cinco bisnietos.

No hay duda de que recibirán enorme amor y atención de su familia ampliada, así como
la mejor educación, sobre todo si alguno de ellos va a una escuela que visité en
Reikiavik, Háteigsskól. El director –un hombre discreto, pero apasionado, llamado
Asgeir Beinteinsson– me enseñó su establecimiento con orgullo. Los niños tienen
entre 6 y 16 años, y todas las aulas, que visitamos por sorpresa, eran una imagen de
laboriosidad controlada y alegre. Además de la amplia variedad de asignaturas
obligatorias para todos, desde cocina hasta carpintería, pasando por las
tradicionales, lo que más me sorprendió fue la forma tan imaginativa de enseñar y la
estrecha relación de los profesores con los padres. Un método que se utiliza con los
más pequeños es explicar la historia y la ciencia a través del teatro. Por ejemplo,
para aprender la historia de los primeros colonos que salieron de Noruega en 847,
los niños representan los papeles de esos colonos y luego tratan de imaginar cómo
pudieron navegar hasta Islandia guiándose por el sol y las estrellas y cómo lograron
sobrevivir al llegar a las áridas rocas de la isla. También se utiliza el teatro en
las clases de biología, en las que los niños hacen de corazón, pulmones, riñones y
corpúsculos sanguíneos.

En cuanto a los padres, hay un miembro del claustro cuya función es recopilar los
datos detallados de los ejercicios de valoración internos que se hacen para
garantizar que el colegio mantiene un buen nivel. Después de consultas con los
alumnos, profesores y padres, se evalúa el progreso en todos los aspectos, desde la
calidad de la enseñanza de las matemáticas hasta la opinión de los alumnos sobre los
edificios en los que está el colegio. Toda esa información está siempre a
disposición de los padres en Internet.

“La filosofía en la que se basa todo lo que hacemos”, dice Asgeir, “es que debemos
estimular a los niños con unos fundamentos educativos amplios, enseñarles en un
ambiente cálido y creativo en el que se respeta a todo el mundo por igual. Todos son
iguales”. Detrás de estos vagos buenos sentimientos hay mucha reflexión, que queda
patente en la costumbre completamente islandesa de Asgeir y su claustro de
profesores de viajar al extranjero en busca de ideas e inspiración. Dos profesores a
los que conocí acababan de regresar de Inglaterra, donde habían visitado un distrito
escolar de Birmingham famoso por tener un nivel escolar especialmente bueno. El
propio Asgeir ha estado en Dinamarca, Escocia, Estados Unidos y Singapur, y la
semana que le conocí se iba a Nueva Orleans. En general, todos los profesores tienen
la oportunidad de tomarse un año sabático, completamente remunerado, para estudiar
un tema de su elección.

Si el abejorro vuela, si Islandia es el mejor lugar del mundo para vivir y uno de
los más ricos, es por cómo los Gobiernos han añadido políticas progresistas y
sensatas, como la educativa, a la materia prima humana de la isla, fuerte,
pragmática e imaginativa. “Como médico y como político, creo que existe una relación
íntima entre la salud del país y la calidad de las decisiones políticas que se
toman”, dice Dagur, ex alcalde de Reikiavik. “Hace cien años éramos uno de los
países más pobres, pero todos sabíamos leer y teníamos unas mujeres fuertes. A
partir de ahí, hemos elaborado políticas sólidas. Lo que quiero decir es que, para
la salud de un país, más importantes que no fumar son los fenómenos sociales en los
que aquí hacemos hincapié: igualdad, paz, democracia, agua limpia, educación,
energía renovable y derechos de la mujer”.

Dagur, como todos los demás que me han hablado de Islandia con orgullo, se muestra
seguro, pero no autocomplaciente; satisfecho de sí mismo, pero ambicioso y abierto
al mundo. Esto último puede observarse en el colegio de Asgeir, donde encontré niños
de China, Vietnam, Colombia e incluso Guinea Ecuatorial.

Cuando hablaba con Svafa sobre las mejores influencias del resto del mundo que
Islandia ha sabido adoptar tan bien, o que simplemente están allí, mencionamos,
igual que el primer ministro, la humanidad de Escandinavia y el empuje de Estados
Unidos. También hablamos de cómo los islandeses –que hoy día cuentan con excelentes
restaurantes y cuya energía para trasnochar debe de proceder del ADN vikingo–
parecen tener mucho del savoir-vivre del sur de Europa. Entonces le dije que veía en
Islandia una cualidad africana de la que el resto de Europa carece. Son las
estructuras familiares “a retazos” de las que me hablaba Oddny. La sensación de que,
independientemente de que el padre viva en el mismo hogar o la madre esté fuera
trabajando, los niños pertenecen y se consideran pertenecientes a la familia en
sentido amplio, la aldea. A Svafa le gustó la idea. “¡Sí!”, respondió la ejecutiva.
“¡También somos africanos!”.

En parte a fuerza de viajes, en parte por accidente, estamos de acuerdo los dos en
que Islandia es un crisol de culturas que ha logrado combinar las mejores cualidades
de la humanidad, y que ofrece una lección al resto del mundo sobre cómo vivir con
prudencia y alegría; libres de hipocresías, prejuicios y tabúes. En la superficie,
Islandia no puede parecerse menos a África, no puede estar más lejos del país que
ocupa el último lugar en el índice de desarrollo humano del PNUD, Sierra Leona; sin
embargo, han tenido la sabiduría de adoptar, o reproducir por casualidad, lo mejor
de lo que tienen ellos también.

fuente EL PAÍS.Com