Durante los últimos días, quienes vivimos sobre el Río de la Plata, cada mañana al levantarnos, creíamos que estábamos en Londres. Es normal que en épocas de otoño y de invierno las condiciones del tiempo no sean las más agradables para actividades, por ejemplo, que deben desarrollarse al aire libre. Desde aquéllos que obligatoriamente deben trabajar enfrentando el frío y la lluvia, pues, la naturaleza de sus actividades no permite otra posibilidad, hasta quienes simplemente, a modo de ejemplo, por placer, desempeñan diferentes disciplinas deportivas, son conscientes de las precauciones que se deben tomar para no sufrir las naturales consecuencias de una naturaleza que cada vez castiga con mayor rigor a los habitantes de este planeta.
A lo largo de los tiempos, los hombres han luchado contra diferentes adversidades que la naturaleza les ha puesto en el camino. Algunas pudieron, con la evolución del pensamiento y el correspondiente desarrollo tecnológico, ser controladas y superadas; otras, continúan tratando de enfrentarse y, muchas, no están todavía al alcance del control humano. Precisamente, de las que se encuentran fuera del control de los hombres, destacamos el manejo del clima (más concretamente, el del estado del tiempo). Durante estos días sobre los que hacemos referencia, actividades consideradas prioritarias para el desarrollo de la economía de un país debieron ser suspendidas debido a que las condiciones del tiempo no permitían su normal desarrollo; en otro nivel de consideración, varias disciplinas, catalogadas menos imprescindibles para la vida de un país, también debieron suspender su desempeño cotidiano (puertos y aeropuertos cerraron su operativa; las calles de la ciudad y las rutas departamentales aumentaban exponencialmente las posibilidades de accidentes de tránsito; partidos de fútbol suspendidos, etc.).
Toda suspensión de una actividad programada, supone un cambio de planes para los involucrados. Las actividades que no pudieron cumplirse de acuerdo a su planificación implican una afectación desde varios puntos de vista, entre otros, podríamos destacar, los que derivan en condiciones emocionales y los relacionados a situaciones más pragmáticas. Estas, como otras, son respetables, vale decir, válidas. Pongamos el caso de alguien que tiene planificado viajar en avión. Por ahí, el hecho mismo de subirse a un avión ya no es del todo atractivo para esa persona. La fobia de estar encerrada varias horas a miles de metros de altura, ya la condiciona. Si a esto le agregamos la inminencia de que una tormenta se desprenda con toda su furia al momento de la salida del vuelo, esa persona, seguramente, sea un potencial problema para quienes deban compartir su viaje. Generalmente, cuando las condiciones meteorológicas no permiten que un avión cumpla con su programación, los viajeros son avisados y advertidos de los motivos por los cuales el vuelo es suspendido (o cancelado).
Siempre que un servicio se suspende hay una explicación. Se podrá argumentar en algunas ocasiones, razones comerciales por las cuales a la empresa no le sirve cumplir con lo prometido, pues, el retorno económico (a corto, mediano o lejano plazo) no es satisfactorio para sus intereses. Cuando sucede esto, las reclamaciones presentadas por los clientes tienen cierta lógica que las justifica. Lo que no es admisible, es cuando los usuarios o clientes ejercen su derecho de reclamación abusando de las causas. Ha sucedido, que hasta la misma persona que inicialmente se cuestionaba el hecho de subirse al avión cuando las condiciones de meteorología no eran propicias para el desarrollo normal del vuelo, ha presentado reclamaciones a la compañía de aviación por el atraso del servicio. Sucede que la persona ha traspasado su límite de conciencia y ha entrado en un campo en el cual sus actitudes están fuera de control, entonces, no mide las consecuencias de su comportamiento (no se da cuenta que la empresa que suspende el servicio, entre otras causas, tiene una que es fundamental para él mismo: proteger su vida). La niebla de estos días en el Río de la Plata dejó a mucha gente disconforme con la suspensión de los servicios de transporte aéreo y marítimo. Lamentablemente, hubo quienes querían responsabilizar a las empresas (y a sus empleados) por las condiciones meteorológicas sí, aunque ud. no lo crea. Quizás, en la capital inglesa, bajo estas mismas condiciones, otras posibilidades tecnológicas, permitan el normal desarrollo de actividades mencionadas aquí como el transporte marítimo y el aéreo. Por ahora, por aquí, la Londres que nos ha tocado, es la de hace un par de siglos hacia atrás
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