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Martes, 10 Julio 2007 21:15

Lo que vale un TCP

11 JUL 07 PDU
La gran mayoría de la gente sólo ve una cara amable que le da la bienvenida al avión, le sirve una comida o le indica dónde está el baño.

El gran público ha interiorizado la función de los TCPs (Tripulantes de Cabina de Pasajeros) atendiendo tan sólo a su vertiente de azafata o azafato. Pero hay más, mucho más, lo más importante.
La inversión que un TCP, y su compañía, hagan en la obtención de la excelencia profesional rara vez se hace efectiva; pero en las infrecuentes ocasiones en las que el destino viene al cobro, el desempeño de su labor vale su peso en algo más que oro: vale su peso en vida, la suya. La de Vd. Es muy posible que ya haya oído o leído esto, y si vuela con frecuencia le sonará a cantinela. Pero créame, si alguna vez tiene la mala suerte de encontrarse dentro del diminuto infierno en que se puede convertir un avión accidentado, la mano que les va a indicar por dónde se sale de él es la misma que momentos antes le estaba poniendo un refresco.
Un avión ardiendo o partido en dos no es más que un tubo metálico dotado de exiguas escapatorias y en el que hay más trampas que en una película de chinos. Quien puede evitar que Vd. muerda como un lucio el anzuelo de cualquiera de ellas es esa chica a la que Vd. acaba de mostrar su enfado por un retraso, o ese mozo al que trató de hacer responsable de que no quepa su equipaje de mano en los portamantas.
Afortunadamente y gracias a Dios, son raras las veces en las que la experiencia ha de darme la razón. Hace poco más de año y medio un A340 de AirFrance se estampó contra la pista en Toronto, ardiendo por los cuatro costados. Los 309 pasajeros de aquel avión fueron evacuados sin sufrir daño alguno por los TCPs, por quienes hasta minutos antes del accidente tan sólo eran azafatas y azafatos, y de pronto se convirtieron en un seguro de vida para mucha gente. El año pasado un avión de Iberia tuvo que evacuar de emergencia en Ámsterdam por un aviso de bomba. Los Auxiliares de Vuelo sacaron en tiempo record del avión a 154 pasajeros sin el menor rasguño. Los ocupantes de estos dos aviones, y algunos otros, saben ya por experiencia que detrás de las apariencias, los clichés, los tópicos y los envoltorios se esconden frecuentemente cosas de gran importancia.
El problema es que la voracidad del contexto económico empresarial, la competencia sin freno y la majaderamente venerada contención de costes, empiezan a poner en el mercado de la Aviación a personas cuyo montante en los balances ha empezado a recortarse en el apartado de su formación. Con peligrosa asiduidad, se vuela en aviones tripulados por gente que hoy viste el uniforme de una aerolínea y ayer estaba posando delante de un BMW 650 en el Salón del Automóvil, o vendiendo trajes en el Corte Inglés. En nuestros cielos hay cada vez menos profesionales, y más trabajadores. Sin ir más lejos, hace unos meses, un A320 de una compañía de cuyo nombre renuncio a acordarme, tuvo que evacuar en un aeropuerto español, y una de las TCPs lanzó la rampa (la "colchoneta" según sus propias palabras) sin esperar a que el avión estuviese parado. Afortunadamente aquello no pasó del susto, pero aquella "colchoneta" que volaba por la pista mecida por el viento hubiese sido de capital importancia si hubiesen pintado bastos de verdad. Y no pretendo cargar las tintas sobre quien cometió el error, sino sobre quienes piensan que hoy todo vale, que la estadística de accidentes e incidentes es lo suficientemente baja como para justificar el ahorro de una formación seria. Sobre quienes siempre tienen la colchoneta de su posición en la empresa para permitirse un lujo, el de equivocarse, que puede costar realmente caro a otros. Sobre aquellos cuya preocupación parece recaer tan sólo en facturas que pueden llegar a pagar: las de los costes y los beneficios.
Sería altamente deseable que los coleccionistas de medallas empresariales se pararan a pensar un momento, y guiaran su gestión atendiendo a cuánto vale un TCP, no a lo que cuesta.

por Mick Doohan
para Aviación Digital Global