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Miércoles, 15 Julio 2009 02:45

Pandemia informativa

por Gerardo Sotelo
Cada día que pasa tengo más dudas sobre la cobertura que los periodistas y los medios estamos haciendo sobre la pandemia de Gripe H1N1. O gripe a secas, porque ya desplazó a la gripe estacional.



A propósito, ¿alguien sabe cómo se llama el virus de la gripe estacional? ¿Y cuántos de nosotros la padecimos el año pasado? ¿Alguien recuerda algún titular sobre cuántos casos de gripe se registraron en la jornada? ¿Y algún móvil en vivo informando sobre una persona con gripe muerta en el Hospital Maciel o el departamento de Flores?

Mientras laboratorios, farmacias y fabricantes de alcohol en gel hacen tintinear su caja registradora, la farándula local se agiganta con la aparición de virólogos, infectólogos y voceros de las emergencias móviles que nos dicen lo que ya sabíamos sobre la prevención y el tratamiento de la gripe. Por ahora, la cepa H1N1 se ha portado como una dama: al igual que su parienta plebeya no deja secuelas y su mortalidad es sensiblemente inferior. Salvo porque su expansión es más rápida y todavía se muestra activa en el verano boreal, nada hay en su comportamiento que la amerite tanta bulla.

La psicosis desatada con la Gripe H1N1 recuerda al caso del monóxido de dihidrógeno (DHMO por su sigla en inglés), una broma pesada creada en 1989 por Eric Lechner, Lars Norpchen y Matthew Kaufman, en la Universidad de California. En 1997, un estudiante de 14 años de nombre Nathan Zohner retomó el asunto en un proyecto para una feria de ciencia que tenía como objeto demostrar cuán crédulos y susceptibles somos a la manipulación en temas científicos que tengan que ver con nuestra salud.

Según el libelo que difundió por todo Estados Unidos el joven Zohner, el DHMO "es uno de los principales componentes de la lluvia ácida, es responsable de la erosión de paisajes naturales, acelera la oxidación y la corrosión de los metales… puede producir muerte por inhalación (irónicamente, las personas que lo consumen pueden morir si dejan de hacerlo regularmente) y puede producir quemaduras severas en estado gaseoso". A pesar de estas contraindicaciones, Zohner alertaba que el químico estaba presente "en muchos de los alimentos, remedios y artículos higiénicos de uso y consumo diarios", como jugos, sopas, bebidas refrescantes y hasta jarabes para la tos. Zohner recogió miles de firmas que pedían la prohibición del químico diciendo parte de la verdad: su petición omitía aclarar que el monóxido de dihidrógeno no es más que agua.

Al igual que estos bromistas de la ciencia, los periodistas decimos la verdad cuando informamos sobre contagio, expansión y mortalidad del nuevo virus. Sin embargo, no mentir es sólo uno de nuestros mandamientos deontológicos. Otros tienen que ver con el sentido de proporcionalidad entre el destaque y duración de la noticia y la gravedad del hecho que se informa o la provisión del background estadístico que permita al público dimensionar la situación. Cuando omitimos estos deberes, estamos difundiendo una versión distorsionada de la realidad e inducimos al público a tomar decisiones equivocadas.

Fuente: El País Digital