Quién puede olvidar el día en que el poder y el miedo cayeron sobre Bagdad una mañana de marzo hace cinco años, tal vez la primera guerra totalmente televisada o casi, y quién puede ignorar que desde entonces han muerto al menos ochenta mil civiles y quién sabe cuántos soldados.
Quién puede demostrar que todo fue para bien, que la invasión evitó una desgracia mayor que la que se causó, que había armas ay- de destrucción masiva, que todos los pueblos del mundo aspiran a la democracia.
Porque uno sabe que la democracia es un concepto occidental de poca relevancia en la cultura Medio Oriente, permeada más por una perspectiva religiosa de la existencia personal y la vida social, una actitud ni mal ni bien sino diferente que pocos parecen haber tomado en cuenta.
Porque se estableció que a fin de cuentas Hans Blix tenía razón y no había huellas de las armas terribles -que alguien le había vendido a Sadam Husein sin que nadie se diera cuenta- porque no había armas terribles ni de otras.
Porque pronto pudo verse que nadie pensó qué hacer en caso de que Sadam Husein perdiera la guerra, se comprobó que al-Qaeda nunca tuvo apoyo del régimen iraquí, y pronto fue claro que la presencia de tropas extranjeras exacerbó los actos violentos, los atentados suicidas dentro y fuera de Irak, la muerte, el miedo.
Y entonces vienen y dicen
Y entonces viene el presidente de Estados Unidos y declara que no, que todo va bien, que el éxito de la guerra en Irak es innegable, que el país es más seguro ahora que cuando Sadam Husein vivía y reinaba, y que en general el mundo está a salvo.
Hace cinco años, además de George Bush y de Tony Blair (quien declaró que sólo Dios lo juzgaría), el mundo oyó a José María Aznar (quien creyó sin dudas lo que le dijeron sobre los arsenales de Irak), y el mundo oyó a Colin Powell (quien mostró fotografías y blandió un frasquito con polvo blanco y sembró el temor y la duda en las Naciones Unidas).
Pero hace cinco años el mundo también oyó a Kofi Annan (quien terminó arrinconado por las potencias que manejan la ONU), y oyó a Hans Blix (quien buscó y buscó sin encontrar las armas que veían Washington, Londres y Madrid), y oyó las voces de otras personas sin cargo y sin interés político que protestaban ante la idea de un conflicto evitable.
Como hace cinco años, el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, sigue afirmando cada vez que puede que Sadam Husein era aliado de al-Qaeda, pese a que varias investigaciones oficiales del propio gobierno estadounidense han revelado que como las armas de destrucción masiva- el vínculo entre el gobierno iraquí y la organización de Osama bin Laden nunca existió.
Como hace cinco años, uno sigue sintiendo el pesar que causan las muertes ajenas, la violencia inútil, el descaro.
Como hace cinco años la guerra sigue sin que nadie parezca dispuesto a detenerla.
Lo único que no es como entonces es el coro de quienes apoyaron la invasión y la justificaban con los más frágiles argumentos, que ni siquiera eran los mismos que invocaron Bush y Blair y Aznar y la coalición de los dispuestos.
Y muchas de las preguntas que uno se hacía hace cinco años siguen sin respuesta. Por eso hay que volver a hablar sobre Irak, seguir hablando.
fuente BBC Mundo